martes, febrero 14, 2006

Frente al espejo

Frente al espejo


Amanece lentamente mientras Ángela, como cada día, con el sonido de fondo de su radio-despertador, se despereza y alarga unos minutos el momento de levantarse.

-   Son las siete y media, seis y media en Canarias-
-   Las noticias-
-  La ola de frío que nos afecta hace que las comunicaciones se vean    seriamente complicadas debido a las copiosas nevadas en algunos puntos de nuestras carreteras y al riesgo de placas de hielo en otros-
-  Protección Civil se encuentra en alerta roja en las comunidades del Mediterráneo y Baleares. También deberán extremar la precaución los viajeros que deban desplazarse por las comunidades de Cantabria, La Rioja, Navarra y Aragón-
-  Se espera una importante bajada de las temperaturas que, en algunas comunidades, superarán los diez grados de diferencia con respecto a días anteriores-
-  En Madrid, Aeropuerto de Barajas, la temperatura a esta hora de la mañana es de cinco grados bajo cero-
-   El tráfico como todos los días, atascos en la M-30, M-40 y en todos los accesos a la capital-

Ángela se levanta y siente un escalofrío. Se prepara un café, aromático y humeante, que entonará su destemplanza. Mientras lo toma piensa que ya ha pasado un año, uno más. Casi es Navidad, faltan seis días para Nochebuena pero todo a su alrededor le recuerda constantemente que “ya” es Navidad. Los escaparates, el ir y venir de la gente, la televisión, la radio, los compañeros de trabajo, las cenas con amigos, las comidas de empresa, el intercambio de lotería, la excesiva iluminación de la ciudad, la lista de regalos que tiene que comprar, el pavo o el cordero, los turrones y también los crismas en el buzón. Buenos deseos, buenos augurios... es Navidad.
Y Angela, después de ver pasar año tras año todo este sin sentido, se pregunta el por qué de tanto derroche absurdo, el por qué de seguir adelante sin fuerzas ni ilusión. Se pregunta la razón por la que sigue ahí fingiendo que esta Navidad será diferente y que el nuevo año será mejor que el último, que los cuatro anteriores.
En la ducha deja que el agua caliente acaricie su espalda, mientras se aclara el pelo sus lágrimas se mezclan con los restos de champú. Envuelta en su albornoz se siente cómoda. Se recoge el pelo con una toalla que coloca como si fuera un turbante y se mira en el espejo para extender sobre su rostro una pequeña cantidad de crema hidratante.

  • ¡Qué te pasa, sonríe!

  • No puedo, ya no puedo.

  • Pues tienes que hacerlo, es lo que haces siempre. Venga, anímate.

Sus ojos están turbios, acuosos. Se entretiene, para no salir del cuarto de baño, en observar todas las pequeñas arruguitas que el tiempo ha dibujado en su piel clara y de nuevo fluyen las lágrimas. No es eso lo peor que la huella del tiempo le ha regalado. Aún se siente joven, incluso atractiva, pero el tiempo le ha robado la alegría y los sueños.

  • Límpiate esos ojos, ¿eres tonta? ¿quieres que te vea así?

  • No, ni hablar. Nunca dejaré que me vea llorar.

  • Pues hale, sécate el pelo y pon en marcha la magia del maquillaje.

  • ¿Por qué? ¿por qué tengo que hacer esto siempre?

  • Porque así lo has decidido, guapa. Sé valiente y enfréntate a él.

  • No puedo, ahora no... es Navidad.

  • Ya, y dentro de un mes será otra cosa. Alargas el problema en el tiempo y no es bueno, ni para ti ni para nadie.

  • Que sí, que sí... ya lo sé. Lo arreglaré, algún día seré capaz de ello.

  • Bien, bonita, tú misma.

Ángela salió del baño. Ya no recuerda cuando le hizo el último regalo, ropa interior de encaje y seda. A él le gustaba, y siempre le pedía, que le regalase eso. Le gustaba verla vestirse y desnudarse, “voiyeur insaciable”. Ella le complacía a pesar de sentirse como una puta barata con el peso de su mirada sobre ella. Después, un polvo rápido. Nada más.
A continuación encendía la televisión y bajaba el volumen para no molestar a Angela.- Más de una noche la desveló el ligero movimiento del colchón y su respiración agitada y contenida mientras se hacía una paja contemplando escenas del canal porno de madrugada.

  • “Siento que te estoy perdiendo”...

  • Nunca me dijiste si te gustaban mis tetas y mi culo. Y me empeñé en esconderlos encorvando mi espalda y luciendo jerseys como sacos. Sin embargo, nunca dijiste nada, y teniéndome cubierta para otros ojos conseguiste mi cerebro, mi fuerza, y también mis encantos escondidos.
    ¡Qué pérdida de tiempo!
    A algunos hombres les gustan rubias y tontas, ¡pobre Marilyn!

  • Si yo hubiera sabido –como ella- que es lo único que algunos valoran los    hubiera explotado hasta sacarte los ojos y los euros.

  • Ahora, mientras miras embelesado a lindas jovencitas embuchadas en minúsculas camisetas y ajustados pantalones bajo los que se adivinan tangas –o nada-, yo me despojo de ese burka y me atrevo a enseñar lo que antes ocultaba.

  • ¡Pero no es para ti! ¡No, de ninguna manera! ¡Ni siquiera es para darte celos, ya me da igual lo que sientas!

  • Y ahora sé que te gusto, y sé que me miras...

  • Y es que ahora... quiero ganar yo.

  • Siento que quiero perderte...


Han pasado nueve meses. Nada ha cambiado. Hablan lo imprescindible y Ángela procura no alterarle para no provocar nuevas broncas. Siguen compartiendo la misma cama pero ya no hacen el amor.

  • En realidad, piensa Ángela, nunca hicimos el amor. Solo era follar. Es      como la física cuántica que no sé lo que es pero se reduce a placer físico y cuanto más mejor. No importan los sentimientos.

  • No digas eso, mujer.

  • Es cierto, es lo único. “Lo Único”.

En el cuarto de baño, que es su refugio espiritual, hace un repaso de su vida. Los pensamientos se agolpan, se mezclan unos con otros y siente que se va a volver loca. Apenas se atreve a mirarse en el espejo.

  • ¡Qué pasa! ¿Te sientes culpable?

  • No, no es eso. Quizá debí hablar antes.

  • No es tarde, o ¿sí?

  • Creo que sí. Ya no hay nada de qué hablar. Ha prescindido de mí, me ha ignorado. Soy sólo alguien que le cuida, alguien de confianza como su ama de llaves o su asistenta.

Mientras habla con su conciencia juguetea con la navaja de afeitar. Limpia, brillante, bien afilada. Pasa los dedos por el filo, suavemente, con cuidado de no presionar. Como si estuviera afilándola la pasa por el dorso de su antebrazo. Arriba por una cara, abajo por la otra. Piensa entonces que, tal vez, sí debería hablar. Decirle que la ha anulado, que ha arruinado su vida.
Y de nuevo la rabia y la impotencia para enfrentarse a él la agitan.
Un leve mareo hace que caiga al suelo. Se siente bien. Es como si de pronto un gran peso se le hubiera caído del alma. Flota en el aire. No puede, ni quiere, hablar.
El golpe ha llamado la atención de Víctor que pregunta desde el otro lado de la puerta

  • ¿Pasa algo? ¿Estás bien?

  • Sí, estoy bien, muy bien. Es sólo que...

Su voz sonaba lenta, casi imperceptible.

  • Teníamos que haber hablado...

  • hace tiempo...

  • demasiado.



© MAR – Agosto 2002  

2 comentarios:

Sapristi dijo...

Para mí era inédita esta historia hasta este casual amerizaje.
Gracias por ella.
:-*

Mar dijo...

Gracias por amerizar en este rinconcillo.
Y ya ves, acabas de encontrar una historia que no habías leído y si te ha gustado pues es una satisfacción para mi.

Un beso, sap.